(Foto cortesía de Armando Sequera)Nos llamaron de madrugada. La orden era la de estar en la quincalla en media hora para un asunto importante. Con los Chang no valen las preguntas y cuando la orden viene con el adjetivo “importante” se pregunta todavía menos. No nos dio tiempo da nada. Llegamos puntualmente, en pijamas y pantuflas, con la marca de almohada incrustada en la parte de atrás del pelo y la huella de las sábanas cruzándonos la cara. Tocamos a la Santamaría que protege al negocio y ante la pregunta “¿Quién vive?”, disparada desde el otro lado del metal, dijimos la contraseña secreta (es secreta así que no la vamos a poner aquí, y además es tan secreta que nos quedamos como un minuto entero en silencio viéndonos las caras de susto porque no nos acordábamos, o nos acordábamos de la anterior pero no de ésta y nos acordábamos también de que al último que dijo una contraseña errada le quedó la boca llena de plomo y luego de moscas). Así que dijimos la contraseña y menos mal que era la correcta (claro, porque si no, no habría quién escribiera esta editorial).
Entramos al negocio y había dos sillas dispuestas bajo una lámpara colgante, y justo detrás de las dos sillas había una cosa enorme tapada por un manto negro. Los hermanos Chang, impecablemente vestidos de negro, con camisas blancas y corbatas negras, nos hicieron señas de tomar asiento y nos ofrecieron cigarrillos. Fumamos, a pesar de que hace años habíamos dejado de fumar; pero uno en esos momentos no rechaza, ni dice no gracias, ni se pone a explicarle lo duro que es dejar de fumar a los Chang. Uno fuma. Y punto.
Nos explicaron entonces el motivo de la cita. Tenían una duda, y “duda” es un término que no aparece en el léxico Chang. Tenían un problema con el término “creatividad”. Todo comenzó por culpa de un gordito engominado con traje Armani y corbata morada de seda que había visitado la quincalla hace unas semanas. Se presentó como Fulano de Tal “Creativo Senior” de una agencia de publicidad, que él era el “Creative Coordinator” de un “staff” de cuatro “creativos junior” que le reportaban directamente a él. Y que ofrecía sus servicios para hacerle una campaña de marketing al negocio de los Chang. A lo que los hermanos respondieron: “¿Y a esos creativos junior los tienen en jaulas o con una cadena larga basta?”. El gordito sudó, perdió el peinado y se le arrugó el traje, pidió disculpas -nadie sabe por qué- y salió de la tienda caminando de espaldas.
Unos pocos días después vino al negocio una madre con su retoño de cinco años. Ella quería un secador de pelo barato y una hornilla eléctrica china, ya en la caja se enamoró también de unas aves del paraíso de plástico y de una cascadita miniatura. El niño se encaprichó de un florero de elefante rosa y lo traía entre sus manitas cuando fue frenado en seco por la voz de su madre: “Mira, carajito, deja eso donde la encontraste. No te me pongas creativo que te sueno”. Lo dijo haciendo ademán de dar nalgadas en aire. Y claro, los Chang trataron de entender qué tenía que ver la creatividad del niño con la del gordito engominado.
Finalmente, hoy -muy tarde en la noche, ya a punto de cerrar- se presentó una señorita muy voluptuosa con falda microscópica, tacones de aguja, escote de vértigo, pronunciado justo hasta el punto en que el seno cambia de color; se sacó de la gruta enmarcada por sus dos mangos tiernos una tarjetita perfumada donde decía: “Delsy, masajista… y más”. Dejó una para cada hermano y en cada una estampó un beso radiante de lápiz labial: “A sus servicios, caballeros. Complazco fantasías. Soy muy creativa y me encantan los clientes creativos”. Y los Chang pensaron en el gordito Senior y sus cuatro Juniors, en el niño del florero con su mamá a punto de sacudirle el polvo y trataron de encajar todo eso con ese par de piernas embutidas en una minifalda que mientras salían del negocio hacían tambalear al universo entero… y entonces dudaron: qué será eso de ser creativo.
Llevaban horas dándole vueltas al asunto, buscando en enciclopedias, preguntándole al I Ching, navegando en la Red. Tenían algunas cosas en claro: que la creatividad es el chispazo inicial que necesita un artista para comenzar a crear, pero que sin trabajo y disciplina la creatividad no sirve de absolutamente nada, que el mundo está rebosante de creativos y creaciones que no aportan ni dicen nada, y que muchas veces la creatividad es esquiva y entonces ocurren bloqueos y cuando por fin la idea aparece es porque hemos dejado de pensar en ella o porque necesitamos una dosis increíble de presión, una especie de punzón en el cuello, para poder finalmente crear. Y a los Chang eso de crear presión para detonar la creatividad les puso creativos.
Desplegaron entonces el manto negro a nuestras espaldas y se desveló una panela de hielo de 3 metros cúbicos. Blanca, luminosa, sólida, gélida. “Inviten a gente creativa y háganles preguntas sobre la creatividad. Y si las respuestas tardan o no son muy buenas, pues que se sienten a pensar aquí (dedo señalando al bloque) hasta que algo creativo se les ocurra”.
Antes del amanecer ya teníamos las preguntas redactadas y al listado de víctimas seleccionadas. Hay que ver lo pilas que se vuelve uno cuando el algodón del pijama es tan ligerito y tan bravo pinta ese pedazote de hielo crujiendo allí enfrente.
Fedosy Santaella y José Urriola (entrevistadores creativos)











